Reajustes, ética y evaluación del proyecto: aprendizajes desde la práctica

Pública

Después de la implementación del proyecto de intervención, considero importante dedicar una entrada específica a los reajustes realizados durante el proceso y a la forma en que estos han influido en mi aprendizaje profesional.

Una de las cuestiones que más me he repetido durante las prácticas ha sido la necesidad de adaptar la planificación a la realidad del contexto. Aunque el proyecto diseñado en el RETO 3 estaba estructurado y consensuado con el equipo educativo, durante la semana de implementación aparecieron factores que obligaron a modificar algunas actividades: asistencia irregular, cansancio de final de curso, baja predisposición en algunos momentos y dificultades de autorregulación del grupo.

El ejemplo más claro fue la salida por la Barceloneta. Inicialmente estaba planteada como una ruta con retos, pero la baja asistencia y la poca implicación del alumnado hicieron que la actividad se reformulara en un paseo más informal. Aunque en un primer momento podía parecer que la actividad no cumplía los objetivos previstos, desde una mirada psicopedagógica acabó convirtiéndose en un espacio muy útil para conocer mejor a los chicos y chicas, escuchar sus preocupaciones y recoger información cualitativa sobre sus expectativas de futuro.

Este reajuste me ha hecho entender que evaluar una intervención no significa comprobar únicamente si se ha realizado tal como estaba prevista, sino analizar si ha dado respuesta a las necesidades reales del momento. En este sentido, los indicadores planteados en el proyecto; participación, autonomía, convivencia, autorregulación y motivación, me ayudaron a observar qué actividades funcionaban mejor y cuáles necesitaban ser adaptadas.

A nivel general, las actividades más prácticas y vinculadas a contextos reales, como la cocina o la salida al parque favorecieron más la participación y el clima grupal. En cambio, aquellas propuestas que requerían mayor concentración sostenida, exposición emocional o toma de decisiones grupales generaron más dificultades. Esta observación me permite concluir que, para este grupo, las futuras intervenciones deberían combinar actividades vivenciales con una estructura muy clara, tiempos breves, normas anticipadas y espacios de reflexión guiada.

También considero importante destacar la dimensión ética de la intervención. Durante todo el proceso ha sido necesario respetar la confidencialidad del alumnado, evitar exponer situaciones personales en el Diario de Prácticas y cuidar las evidencias compartidas en el Folio. Además, al estar en prácticas y existir poca diferencia de edad con algunos alumnos y alumnas, he tenido que reflexionar sobre cómo construir un vínculo cercano sin perder el encuadre profesional.

En relación con el trabajo en equipo, los reajustes no se hicieron de manera individual, sino en coordinación con el equipo educativo. Las conversaciones antes y después de las actividades fueron fundamentales para interpretar lo que ocurría y decidir cómo continuar. Esto me ha ayudado a comprender que la intervención psicopedagógica requiere colaboración, contraste profesional y una mirada compartida sobre las necesidades del alumnado.

Como propuesta de mejora, considero que en futuras intervenciones sería útil diseñar desde el inicio varios planes alternativos según la asistencia y el nivel de implicación del grupo y también sería conveniente contar con instrumentos de evaluación más sencillos y aplicables en el momento, como una pequeña rúbrica diaria o una ficha breve de valoración del alumnado.

Esta experiencia me ha permitido entender que la intervención psicopedagógica no se define solo por lo que se planifica, sino por la capacidad de analizar lo que ocurre, tomar decisiones fundamentadas y reajustar la práctica sin perder de vista los objetivos educativos y éticos de la intervención.

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